IMPULSO/ Luis Ángel Sánchez R.
Del sueño al insomnio americano
Bien y con verdad se dice popularmente que en la vida todo tiene un costo o, mejor dicho, que “todo cuanto se hace se paga”, y los Estados Unidos, aún con todo su gran poderío no son la excepción, aún incluso en estas épocas decembrinas de amor y paz.
Recientemente, el presidente norteamericano Barack Obama aseguró que: “Estados Unidos no enfrenta una amenaza terrorista ´creíble´ durante la temporada navideña. No tenemos [dijo en conferencia] ninguna información específica creíble sobre un ataque contra el territorio nacional”.
Pese a ello, el mandatario llamó a los estadounidenses a mantenerse “unidos y vigilantes” y evitar el estado de alarma, generado en cierta medida a partir del “ataque terrorista” en San Bernardino hace tres semanas, provincia del estado norteamericano de California. “No podemos ceder al miedo o cambiar la manera como vivimos. No vamos a ser aterrorizados, hemos logrado prevalecer sobre mayores amenazas que ésta y lo vamos a volver a hacer”, aseveró.
Dicho exhorto del mandatario fue el segundo en poco más de dos semanas después de su sorpresivo mensaje a su nación el pasado seis de diciembre, cuatro días después del ataque a San Bernardino que dejó 14 personas muertas y 21 heridas.
Como entonces, Obama buscó disipar los temores entre los estadounidenses, luego de los ataques del pasado 13 de noviembre en París que, al igual que el registrado en San Bernardino, fueron vinculados al grupo yihadista del Estado islámico.
Sin embargo, el mandatario reconoció el reto que este enemigo representa al señalar que Estados Unidos enfrenta ahora una nueva amenaza terrorista con actores solitarios y que tales complots “son más difíciles de detectar y aún de prevenir”.
De hecho, llama poderosamente la atención que la empresa estadounidense Disneylandia anunció cambios severos en sus medidas de seguridad a partir del discurso del presidente Obama.
El llamado “lugar más feliz de la tierra” instaló arcos detectores de metales en todas sus entradas, usando también perros para la detección de armas y bombas.
Si se ve con objetividad, la tradicional política expansionista norteamericana, siempre en busca de territorios que “conquistar” y “oportunidades” de negocio que explotar, que ahora asalta al mundo islámico en su territorio, en contubernio con las principales potencias del mundo –según coinciden varios analistas políticos internacionales- ha ido generando contundentemente una reacción tan natural como la física lo demuestra: “causa-efecto”.
Ni hablar, como asegura el dramaturgo Shakespiare en su obra Hamlet: “Pesada es la corona y nada fácil de ceñirse, pero mucho menos de llevar”.
