José Antonio Crespo
Al no tener muchos logros qué presumir hasta ahora, el obradorismo divulga con
bombo y platillo el avance registrado por México en el Índice de Percepción de
la Corrupción que elabora Transparencia Internacional. Pasamos del lugar 138 al
130 entre 180 países. Suena muy bien, pero conviene ver los detalles para no
generar falsas conclusiones.
1) El lugar entre los países encuestados puede dar una idea de cómo vamos, pero
puede ser engañosa, pues eso tiene que ver con cómo avanzan o retroceden
también otros países, pero en ello nuestro gobierno no incide. El indicador
importante es la calificación de cada país entre el 0 (más corrupto) y 100
(menos corrupto). Nuestro peor año fue en 1991, con 27 puntos.
2) Ahora, México pasó de 28 a 29; avance de solo un punto, que suena menos
alentador que subir ocho lugares entre los países. Desde luego con esto se
frena la tendencia a la caída, pues en 2015 teníamos 34 puntos, y de ahí se
descendió hasta llegar a 28 en 2018. Así, el esfuerzo actual, si es real y
eficaz, tendrá que traducirse en un avance continuo.
3) También hay que recordar que percepción no necesariamente es realidad. Este
es un indicador de percepción. Desde luego hay una relación causal entre buen
desempeño y la percepción. Así, los países que aparecen en primer lugar del
índice es porque en efecto tienen niveles de corrupción bastante bajos, lo cual
repercute en la experiencia cotidiana de los ciudadanos, que se traduce en el
índice de percepción. Pero eso debe ocurrir a lo largo de cierto tiempo para
que se pueda considerar que la percepción corresponde en efecto con la
realidad.
4) Y es que otros factores distintos a la realidad pueden incidir en la
percepción; por ejemplo, las expectativas de cambio que un nuevo gobierno, o
bien el hecho de que se le crea al presidente cuando asegura diariamente que la
corrupción se está combatiendo, y eso se da por hecho. Eso ocurrió también en
los primeros años de Vicente Fox, cuando se generó la expectativa de que se
combatiría seriamente la corrupción. Así, en el 2000 registrábamos 33 puntos, y
a sólo un año, en 2001, habíamos subido a 37. ¿Era un cambio real o reflejo del
entusiasmo por el cambio? El año siguiente el puntaje empezó a descender, a 36.
Pero al terminar ese sexenio el índice era de 33 puntos, igual que en 2000.
Pese a lo cual el promedio de ese gobierno fue de 34, frente a 32 de Zedillo,
de Calderón y Peña. Y sin embargo, no se avanzó gran cosa. El avance fue
ilusorio. Así pues, un esfuerzo real de este gobierno tendría que reflejarse en
un alza de puntaje consistente y continuo a lo largo del sexenio, y terminar en
2024 mejor que en 2018.
Twitter: @JACrespo1
