Arturo Sarukhán
Siempre está más oscuro, solía decir el senador John McCain, antes de ponerse
totalmente negro. Y es que así se vislumbra el horizonte electoral en este
momento para el Partido Demócrata. Con Bernie Sanders consolidándose como el
puntero (aunque es Pete Buttigieg quien va a la cabeza por un pelo en términos
de delegados obtenidos) para alzarse con la nominación, Donald Trump se perfila
hoy como el favorito para ganar la elección presidencial en noviembre. El saldo
palmario de Iowa y Nueva Hampshire es un campo fragmentado de candidaturas, un
voto balcanizado y una serie de interrogantes poco halagüeñas para las
aspiraciones y viabilidad el partido de recuperar la Casa Blanca. Más aún, es
difícil visualizar cómo podrían mejorar en el corto plazo esas perspectivas; de
hecho, podrían empeorar.
Esos resultados apuntan a la incapacidad de los actuales punteros para formar
una coalición que posteriormente se traduzca en victorias en los estados clave
del colegio electoral. Encuestas de salida en Nueva Hampshire sugieren que el
perfil sociodemográfico del voto a favor de Sanders no solo fue más estrecho y
menos profundo que en 2016; muestran que más de dos tercios de sus votos
provienen de quienes también lo apoyaron ese año y que obtuvo ahí el menor
porcentaje de votos comparado con ganadores demócratas previos. Estos datos
duros además abren interrogantes puntuales sobre si Sanders puede como
candidato armar un rompecabezas de coalición lo suficientemente amplia y
representativa a nivel nacional como para convertirse en presidente. Por su
parte, Joe Biden y Elizabeth Warren, considerados hasta enero como los
principales contendientes, se colapsaron, con números en el caso de Biden aún
más débiles de lo previsto. Mientras que en el ala progresista del partido
Sanders parece haberle ganado ya el pulso a Warren, el centro está fragmentado
en cuatro precandidaturas: Buttigieg, una resurgente Amy Klobuchar, Biden y el
caballo negro de la primaria Demócrata, Mike Bloomberg.
Con la precampaña enfilada hacia dos estados sociodemográficamente más
representativos del país —Nevada y Carolina del Sur— Buttigieg y Klobuchar
enfrentarán la dura prueba de competir en zonas con mayor diversidad racial,
cuando ambos atraen niveles ínfimos de apoyo de votantes afroamericanos y
latinos. Para Biden, su colapso en Nueva Hampshire, donde no ganó un solo
delegado y obtuvo menos del 9% de los votos y el respaldo de menos de uno de
cada diez demócratas menores de 45 años, tiene a muchos analistas y estrategas
cuestionándose si puede forjar, a partir de Nevada y sobre todo Carolina del
Sur (por el peso del voto afroamericano), una hoja de ruta que le dé renovada
viabilidad y mitigue dudas sobre su capacidad para manejar los rigores de campaña
a una edad avanzada. Ahora es muy posible que después de Carolina del Sur,
Sanders habrá ganado tres de las cuatro primarias. Si Biden no resurge y el
voto de centro sigue atomizado, Bloomberg, quien ha apostado todo a los 14
estados —y sus 1,357 delegados— que están en juego en el llamado supermartes el
3 de marzo, se convertirá en la opción para muchos demócratas convencidos de
que la candidatura de Sanders los llevaría al despeñadero electoral. El
problema es que si bien el ex alcalde viene subiendo en las encuestas, la
mayoría de las proyecciones le dan 5% de posibilidades de ganar la nominación.
No sería ocioso contemplar que por primera vez desde 1952, ningún precandidato
llegue con los 1,991 delegados necesarios para alzarse con la nominación, con
lo cual el escenario de una convención que tenga que decantarse por Sanders o
Bloomberg podría fracturar al partido de manera irremediable camino a las urnas
en noviembre. Mientras tanto, Trump sólo se frota las manos. Ciertamente no
será el Chapulín Colorado el que salve a la campaña demócrata, pero tampoco
está claro quién lo podría hacer en este momento.
