IMPULSO/ Arturo Sarukhán
Tiempos de zozobra
La atroz, inaudita y azarosa decisión del electorado británico a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea me lleva a retomar ideas que les compartí en este espacio al cierre de 2015 acerca de tendencias que marcarían al actual sistema internacional, algunas de las cuales abordé parcialmente en mi última columna sobre el brexit y en otras anteriores sobre el proceso electoral estadounidense en curso.
Brexit es sin duda —junto con los ataques terroristas de 2001 y la consolidación económica china— uno de los acontecimientos internacionales seminales a partir del fin de la Guerra Fría. Más allá de sus implicaciones geopolíticas, económicas y financieras, el voto británico apunta a una enfermedad que está afligiendo tanto a Europa como a EE.UU., uno que incluso afecta a otras democracias alrededor del mundo: el colapso de la gestión exitosa del Estado. Es un cáncer que está carcomiendo particularmente a las sociedades europea y estadounidense, minando el orden internacional liberal basado en reglas sobre el cual se construyó el éxito de esas naciones —y de algunas otras en Asia y las Américas- desde 1945. Qué duda cabe de que son estados que, en términos generales, funcionan, sus elecciones son libres y habitualmente equitativas, los impuestos se recolectan, la corrupción es comparativamente baja e instituciones y tareas de administración pública funcionan con mayor o menor eficacia. Sin embargo, no ocurre nada. El Estado está pasmado, atestiguamos una desconfianza abrumadora en modelos de gobernanza, partidos políticos tradicionales han dejado de ser correas de transmisión entre política pública y ciudadanía, la polarización partidista ha llevado a la balcanización ideológica y el descontento ha migrado de los extremos al centro.
Con mayorías legislativas o parlamentarias poco estables, los políticos están menos dispuestos a asumir decisiones difíciles protegiendo el estatus quo y, por ende, perdiendo constantemente oportunidades para el cambio y ajuste. Como apuntó el propio Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, los políticos saben lo que tienen que hacer, pero no saben cómo re-elegirse. Y mientras ese dilema persista, el resultado es parálisis y vacío. Y éste, invariablemente, se ocupa alimentando insurgencias, demagogias y populismos tanto de derecha como de izquierda, cerrados y aislacionistas, coartando libertades de expresión y poniendo en peligro la capacidad de muchas naciones para asegurar un futuro de bienestar para sus habitantes. Esas insurgencias son, en el mejor de los casos, un mecanismo para denunciar lo que está roto, pero casi invariablemente se equivocan en las soluciones. Hoy, tenemos más información pero menos sabiduría, más datos pero menos criterio y más conexiones humanas pero más aislacionismo.
