IMPULSO/ Carlos Ravelo Galindo
Mira tus manos
Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera. Recordamos a mi padre sentado, en la banca del patio, no se movía. Solo, cabizbajo, miraba sus manos. Cuando me senté a su lado, no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba, me pregunté si estaba bien.
Finalmente, no quería, realmente, estorbarle, sino verificar su estado. Le pregunté cómo se sentía. Levantó su cabeza, me miró y sonrió. “Estoy bien, gracias por preguntar”, dijo con una fuerte y clara voz.
“No quise molestarte, papá, pero estabas sentado aquí. Simplemente, mirabas tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.
Él me preguntó: “¿te has mirado alguna vez tus manos? Quiero decir, ¿realmente te has mirado tus manos?”.
Lentamente, solté mis manos de las de don Guillermo. Las abrí y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo.
No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme.
El sonrió y me contó esta historia: “Detente y piensa por un momento acerca de tus manos. Cómo te han servido a través de los años. Estas manos aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado desde que nací, para alcanzar, agarrar y abrazar la vida”.
“Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo”. “Cuando niño, mi madre Jovita me enseñó a plegarlas en oración. “Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. Pero siempre limpias. “Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hijo. Me ayudó María Teresa, tu madre.
“Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien muy especial. A ella.nada más. “Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y cuando caminé por el pasillo con mi última hija en su boda. Marinita. “Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello, cuando lo tuve, y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. “Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas. “Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí trabajan bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y siguen plegadas para orar. “Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida.
“Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las suyas cuando me lleve a su presencia”.
Desde entonces, nunca he podido ver mis manos de la misma manera. Pero recuerdo cuando Dios tomó las suyas y lo llevó a su presencia. Con él ya está su compañera. Y algunos hijos e hijas politicas. Entre ellas, mi Bety.
Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi padre: de veras que nuestras manos son una bendición.
Hoy, me pregunto: ¿Qué hago con mis manos? ¿Las uso para abrazar y expresar cariño o para expresar ira y rechazo hacia los demás?
Demos gracias por nuestras manos. Sólo aquellos que no las tienen saben el valor que ellas representan en nuestra vida. Gracias señor por mis manos y las de mi familia y amigos. craveloygalindo@gmail.com
