Por Arturo Sarukhán
(Consultor internacional)
Hace dos semanas explicaba vía Twitter por qué considero que la decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de reactivar su visita a Washington es un error de cálculo diplomático, político-electoral y estratégico para los intereses de mediano y largo plazo mexicanos en ese país. A la habitual carretada de descalificaciones y ataques ad hominem que le siguieron a mi hilo de tuits, se sumaron algunos argumentos falaces apoyando la decisión de ir.
El primero de ellos fue caracterizar el viaje que como candidato Republicano efectuó a México John McCain en 2008 como un precedente a este desplazamiento del presidente. Es una falsa equivalencia. De entrada y a diferencia de Trump, McCain jamás insultó a los mexicanos o usó a nuestro país como piñata político-electoral. Quien ese año se desplazó en campaña fue un candidato estadounidense a México y no un presidente mexicano a Estados Unidos en la antesala de una campaña presidencial. Y el gobierno mexicano extendió de manera simultánea invitaciones tanto al candidato Demócrata como al Republicano; Barack Obama decidió no viajar en ese momento. Tan se hizo de manera pulcra y equilibrada que el único mandatario con el que Obama se reunió en su calidad de presidente-electo durante la transición y antes de tomar posesión fue con el mexicano; tuvo incluso el formidable gesto de pedir que se le invitara al Instituto Cultural Mexicano en Washington para celebrar el almuerzo de trabajo y la conferencia de prensa, y la primera visita de Estado a EU que Obama otorgó en su gestión fue a México, en mayo de 2010.
El segundo es el de la supuesta incongruencia de quienes por un lado hemos cuestionado en el pasado que López Obrador no hubiese viajado al exterior durante su gestión y ahora opinamos que el Presidente tendría que haber esperado hasta después de noviembre 3 y no viajar a Washington a ver al inquilino en turno de la Casa Blanca en plena campaña electoral y en este contexto de enorme convulsión y furia social inéditas en EU desde los días de la guerra de Vietnam. No hay contradicción alguna: hay eventos a los que claramente tendría que haber acudido y otros a los que no. Reunirse con Trump —sin siquiera buscar a Joe Biden— cae de lleno en esta segunda categoría, sobre todo tomando en cuenta que una mayoría de estadounidenses, muchos de los cuales generacionalmente son los que determinarán el futuro electoral de EU, verán el viaje como un espaldarazo a un presidente impopular que apenas este fin de semana dobló su apuesta a favor de una campaña basada en el supremacismo blanco, el racismo y la división tribal e identitaria.
El tercero es que el presidente tiene que agradecerle a Trump el apoyo en tiempos de Covid así como la negociación exitosa del T-MEC. Si bien López Obrador hace bien en buscar abonar a una relación funcional, no hay absolutamente nada que agradecerle al presidente más antimexicano y xenófobo en la historia moderna de EU. E ignorar el papel clave que jugó la bancada —y el liderazgo— Demócrata en el Congreso a favor de la ratificación del T-MEC es como pararse en las vías del tren pensando que una potencial mayoría Demócrata por doble partida en el Congreso (Cámara y Senado) a partir de noviembre no nos arrollará.
Y el cuarto, que el viaje servirá para anclar la agenda de política pública mexicana. La paradoja es que para un presidente que postula que “la mejor política exterior es la política interna”, son precisamente nuestras debilidades y rezagos internos, la mayoría heredados y algunos de hechura propia del actual gobierno, los que se erigen en temas de política exterior y en vulnerabilidades en el extranjero, particularmente en la relación con este presidente estadounidense que tiene un solo paradigma para interactuar con México: la doctrina Sinatra de todo a “Mi Manera”.
No hay nada de lo que este viaje busca lograr que no se podría haber satisfecho vía virtual. Todos los demás argumentos en respuesta a la preocupación en torno a los riesgos que conlleva este viaje son, en este momento, en esta coyuntura y con este presidente estadounidense, machincuepas para justificar lo injustificable.
