La última Gota
Rodrigo Sandoval Almazán
Dejamos de usar grifos por qué nos recordaban el pasado cuando teníamos agua. En estos tiempos de agua reciclada, baños con vapores o húmedos, ropa desechable y sacrificar un poco la limpieza para poder beber algo de líquido es de lo más común. Aún no hemos agotado los mares por que son bastante más grandes que la masa continental, pero la sed de los humanos parece no tener fin.
Se preguntarán ¿Cuándo comenzó todo esto?. No tenemos la fecha exacta, quizás fue en el siglo XX con el nacimiento del maldito plástico. Vimos que era posible transformar petróleo en todo lo que nuestra imaginación deseara: botellas, libros, juguetes, maquinas, llantas, autos, etc. Lo comenzamos a usar sin ponernos a pensar en el enorme daño que le causamos al planeta. Por ello, están enterrados los yacimientos de petróleo en el mundo, quizás por qué no queríamos que nadie los encontrase o por qué sabían que “eran peligrosos” para la raza humana.
Con la llegada de la epidemia llamada: “plástico”tuvimos que vivir otra transformación: el calentamiento global. Porque, para hacer el plástico teníamos que utilizar calor, energía y con ello contaminamos el aire, pensamos: “si hay tanta atmósfera, solo dañamos un poquito, nunca se va a acabar” pero ocurrió. El aire que respiramos, que absorben arboles, plantas, animales, nos ha dañado a todos; rompimos el equilibrio. Nos quebramos. Empezó la destrucción del mundo.
Pero no he venido a hablarles de los glaciares que se derriten o de los tremendos cambios climáticos que han surgido, las lluvias torrenciales en algunas zonas, los nuevos desiertos en otras, las sequías prolongados. Eso no me importa por ahora, sino contarles una leyenda que aconteció hace décadas y que se ha transmitido de boca en boca: la última gota de agua pura.
Dicen los que cuentan de tal suceso histórico que el agua se había acabado por completo en el mundo. Comenzó por los países menos desarrollados, que explotaron tanto sus mantos acuíferos y no tuvieron el menor control por el desarrollo sostenible, fueron los primeros en tener las llamadas guerras del agua. Sangrientas, brutales, una discriminación entre las personas que podían comprar el vital líquido y los que debían ser excluidos del mismo.
Poco a poco el agua se convirtió en riqueza, pero se fue terminando también en aquellos países. La moneda de transacción dejaron de ser los dólares, el euro, el bitcoin, para convertirse en litros o mililitros del vital líquido. Los más poderosos fueron los que más abusaron por acaparar el vital líquido, hasta que ellos también tuvieron sus guerras del agua. La tecnología que desarrollaron no alcanzó a llegar a tiempo para evitar la confrontación, sus sociedades terminaron por volverse unos contra otros por el agua.
Quizás por ello es que se crearon religiones que veneran el recuerdo del agua: mujeres y hombres, niños y ancianos que admiran el agua pura y que anhelan su regreso para devolvernos la vida como la conocíamos, debido a que somos seres formados por agua, que vivimos por las plantas y animales que viven del agua que adquieren. Por ello se ha transformado el mundo para tener agua artificial, alimentos y animales artificiales, mecánicos; cuerpos que viven líquidos y fluidos creados por la industria genética y la mano del hombre, que le han dado la espalda a la naturaleza, pero nadie sabe cuando regresará a restaurar el equilibrio que le hemos quitado.
La leyenda cuenta que fue una niña de ocho años la que presenció tal suceso. Estaba afincada en una región del Himalaya, como podrán imaginar, ya no estaba cubierta de hielo, pero sus padres habían guardado y reciclado el agua que quedaba de aquellos lugares tan remotos e inhóspitos que creíamos nadie sabría de su existencia; ellos tenían acceso a un pequeño manantial: una mina preciada de agua, oculta bajo todas las medidas que podían. Sus vecinos los creían pobres, por que solo comerciaban el líquido para lo mínimo indispensable: comida, medicinas, atención medica, etc.
Decían aquellos padres anónimos, por que la leyenda ha perdido su nombres, que su legado iba a ser dejarles ese manantial oculto en las paredes de su casa a sus hijos y que sobrevivieran a la catástrofe por años y meses. Pero no fue así. La niña visitaba el lugar para tomar agua del manantial cada vez que lo necesitaba, era la única que tenía acceso por una pequeña puerta escondida detrás de un mueble para que nadie viera aquel lugar pegado a la montaña donde habían construido su hogar.
Con el tiempo, el manantial se seco. La chiquilla ubicó su pequeña cubeta en el lugar habitual, pero no hubo nada, alumbró con su lampara y no vio nada, de nuevo, hasta que surgió un destello, como un pequeño diamante que escurría ligeramente por la roca, miro de cerca, como si estuviera asistiendo al nacimiento de un bebé, hasta que cayo en su cubeta plástica. Fué como una lágrima que resbalara de la tierra para decirnos que el agua pura se iría para siempre.
A partir de entonces volvió muchas veces al manantial, sus hijos y sus nietos también, pero ninguno pudo volver a sacar agua de aquella gruta oculta detrás de su casa. Dice la leyenda que desde entonces esperan el milagro que vuelva el agua y aquella gota aún se conserva en el museo del mundo, como el mililitro mas preciado, un regreso al pasado, un recuerdo de lo mucho que extrañamos la madre naturaleza que destruimos a nuestro paso por la tierra y que no regresara pronto, al menos en lo que dura la existencia humana.
