Enero 14, 2026
Clima
4°c Máxima
4°c Mínima

De adicto a adicto


IMPULSO/ Ernesto Salayandía García

La cocaína, mi compañera de vida

Hundido en la adicción

En mi actividad, manchaba el piso de sangre, las sábanas y la alfombra, sangraba con gran facilidad, me lastimaba continuamente las fosas nasales por tanta cocaína que consumía, cada jalón de cocaína entraba por mi nariz impactando de inmediato a mi cerebro, pero, entre jalón y jalón, el daño fue muy duro y el impacto al cerebro más.

 

Es horrible cuando se va la anestesia de la droga, la incómoda sensación que me quedaba en mi sistema de respiración, ese fuerte ardor por dentro que te quema, dolor intenso, un olor desagradable y el quedar taponeado, bloqueado para inhalar aire, sin la posibilidad de respirar bien, con la nariz hinchada y adolorida, con encías y paladar duro.

La sangre seca en tapones de papel higiénico, sangre en las fundas y sábanas, en mi ropa interior y pijamas, es y fue un indicador de mi fuerte adicción a la cocaína.

Las severas y drásticas consecuencias

Una madrugada después del alto consumo de cocaína, después de haberme tomado una botella de vodka, después de mis arponazos con morfina y de mi buena dosis de pastillas antidepresivas, después de no poder respirar e intentar descongestionarme con vick vaporrub y nada, con vaselina y nada, con gotas para los ojos, gotas para la nariz y nada, después de haberme maltratado metiéndome tapones de papel y trapos para descongestionar -nada fue posible-; drogado, cansado, mi cuerpo, como muchas otras veces más, boca abajo en la cama, te puedes imaginar esa foto, en esa recámara, los ceniceros hasta el tope de colillas de cigarros y cenizas, los vasos medio llenos, medio vacíos, ropa sucia por todos lados, zapatos, pantuflas, las fundas apestosas y sucias, yo las usaba para sonarme cuando la pereza me dominaba y el moquillo me ganaba, propiamente, era un campo de batalla, mi maldita enfermedad contra el orden y la limpieza.

Mi mente enferma y obsesionada con mi celotipia patológica e infernal, deprimido, muerto en vida, atrapado sin salida, la cocaína era mi todo, mi amiga, mi esposa, mi amante, era mi vida, me drogaba para vivir y vivía para drogarme y así me fue; me volví loco.

Me rendí ante Dios

Esa noche, como muchas otras, caí muy agotado, de repente, tengo una amarga pesadilla, veo en un túnel luminoso dos caras mías acercándose una a una rápidamente; tengo una sensación como si mis dos rostros chocaran uno contra el otro, muy rápido, muy intenso, de repente –puff-, se va la luz, registro en ese instante la oscuridad absoluta y, ligado a ello, el silencio completo, nada de ruido, el silencio total y me doy cuenta de que estoy muerto, muerto en ese instante y le grito a Dios muy desesperado: -¡No, Dios, no quiero morir, Dios, no quiero morir!. – Me levanto sudando, asustando, temblando, me voy al baño, veo mi rostro triste, seco, inexpresivo, ojeroso, sucio, mi mirada cabizbaja, al verme a detalle, lloro de decepción, lloro al verme flaquísimo, amarillento, tembloroso, lloro por estar viviendo esa maldita adicción y por el sufrimiento que tenía.

Toda adicción es progresiva y mortal

Me echo agua en la cara, me meto agua a mis fosas nasales, soplo, me sueno y de inmediato comienzo a sangrar, me pongo un tapón de papel higiénico, dejo que la sangre se detenga y, poco después, como si el paro respiratorio no haya sido un fondo suficiente, busco un pase de cocaína, me lo chuto de un solo jalón, me inyecto tres miligramos de morfina, prendo un cigarro y, cómodamente, como si nada hubiera pasado, me siento en la tasa del baño a fumar plácidamente.

Yo quería parar, pero no sabía cómo parar y dejar de consumir.

ernestosalayandia@gmail.com

Consulta: https://www.youtube.com/watch?v=t5FUzq1l8HU

Etiquetas:

Dejar un Comentario