IMPULSO/ Ernesto Salayandía García
La negación es la puerta del infierno
Caída tras caída sin aceptar
Hoy, recuerdo el infierno en el que viví, lo que ha sido mi vida activa prendido de las sustancias, fumando como desesperado un cigarro cada diez minutos, recodar mis niveles de ansiedad y cómo me intoxicaba con cocaína, morfina sintética, pastillas, de todas, mi botella de vodka y, claro, mis casi tres cajetillas de cigarros, la verdad de las cosas es que yo no vivía para drogarme y me drogaba para vivir.
Mi vida no tenía sentido, mi mar de sufrimiento era enorme, por supuesto, las consecuencias no se dejaban esperar, abogados tocándome a la puerta, deudas por donde quiera, problemas con mi esposa y el abandono de mí mismo, era casi un esqueleto humano, mi peso era menos de 50 kilos, mi piel amarilla, seca, marchitada por tanta droga, mis ojos sin ninguna expresión, desganado, con la autoestima por los suelos, en el sótano; muchas veces, decía: “Juro que no me vuelvo a drogar, juro que no vuelvo a tomar”. Y bastaba que el mesero tocara mi ego y de nueva cuenta empezaba la carrera infernal. — ¿Lo de siempre, don Ernesto?
Durante 35 años, entré y salí de la actividad adictiva, tuve periodos largos, cortos y medianos de abstinencia, pero mi negación, el no aceptar que tenía un serio problema por mi manera de alcoholizarme y drogarme no hizo otra cosa más que prolongar mi agonía.
La negación ante mis consecuencias como accidentes automovilísticos, mis pleitos agresivos permanentes con mi mujer, mi irresponsabilidad laboral, mi quiebra económica, etc. A pesar de los pesares, yo decía: “No tengo el problema del alcoholismo”.
La mente del alcohólico
Un día, tomé la decisión y pedí ayuda con un compañero periodista, me llevó a un grupo, yo tenía el descaro de meterme cocaína en el baño mientras duraba la junta de AA, y una noche, al terminar la junta, un compañero se abrió de capa y me regaló su historial, mi negación no me permitía ver mi realidad, mientras él hablaba, yo visualizaba un trabajo periodístico de 8 columnas, suponía yo, que era material para difundirse ampliamente, que era sumamente interesante la vida de este hombre que había caído en desgracia.
Tragedia, tras tragedia por su alcoholismo, narró a detalle, cómo el alcohol lo fue hundiendo en el mismo infierno, yo no podía describir para mí el mensaje, no sentía que fuera para mí, aunque su testimonio de vida era muy parecido al mío, solo cambiando escenarios y personas, pero había mucha similitud que no acepté en ese momento, estaba yo fugado y negado.
Negado hasta las cachas
Mi ansiedad creció y creció, llegué a meterme hasta 15 pases de cocaína en un solo día, entre más me metía, mas quería; por siete largos años, le oculté a mi mujer que usaba cocaína, hasta que un día me llevó con un doctor a quien yo había entrevistado en la radio algunas veces y él quedó sorprendido con mis narraciones y delirios de persecución.
“No doy crédito”, me decía sorprendido cuando le platiqué que un par de intrusos entraban a mi casa y me dejaban mensajes diabólicos escritos en la ropa, en la fruta, en las cajetillas de cigarros, en las suelas de los zapatos. Me pidió que orinara en un recipiente y lo hice, al día siguiente, la muestra decíaç: Cocaína, cocaína, cocaína, cocina…. Una noche, derrotado, hablé con mi suegro, en paz descanse, y con mi esposa, les pedí ayuda, ya no podía más, lloré con los dos y mi suegro comprendió muchas cosas sobre mis actitudes y mis actos de mal juicio, posteriormente, busqué ayuda en un centro de rehabilitación, me interné, pensé que iba a ser como una oceánica chiquita pero sin mar, no me gustó, ni las instalaciones, ni el trato, ni nada y cuando quise salirme, fue imposible, mi mujer se negó a dar la autorización y ahí me quedé tres meses internado, dos de ellos totalmente negado, no aceptaba la magnitud de mi enfermedad.
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