Edgar Elías Azar
No nos confundamos. No simplifiquemos las cosas al grado de la ingenuidad. La
violencia con las mujeres no es de ahora; no es de hoy, no es de este año.
Tampoco es culpa de un gobierno en específico, ni de un partido en específico o
de un político en específico. La culpa, lo dije y lo repito, es de todos; de
todos nosotros. De los profesores que no se molestaron en corregir, de los
policías que no se molestaron en escuchar, de los jueces que mantuvimos un
sistema jurídico patriarcal, de los ministerios públicos que no investigaron o
no creyeron en las acusaciones, de los padres que no educamos a nuestros hijos,
de las madres que callaron, de los hermanos que sometieron a las hermanas.
La violencia contra las mujeres es un problema en el que todos participamos y
que venimos arrastrando desde hace décadas; siglos. Es un problema de
educación. Un problema de esa in-cultura que hemos mantenido por años,
repetida, honrada e inculcada hasta el cansancio. Una cultura del machismo, del
sometimiento a la mujer, de cosificarla, de mandarla, de maltratarla. Para el
mexicano, todas las mujeres son esa bartola a la que le dejamos sus dos pesos.
Según datos del Inegi, de los 46.5 millones de mujeres de 15 años y más que
viven en el país, 66.1%, esto es, escandalosos 30.7 millones de mujeres, ha
tenido que enfrentarse, al menos una vez en su vida, a diversas clases de
violencia (de cualquier tipo y de cualquier agresor). Según la misma fuente,
43.9% de las mujeres ha enfrentado agresiones de su esposo o pareja. En 2018 se
registraron 3,752 defunciones por homicidio de mujeres, lo que en promedio
significa que fallecieron 10 mujeres diariamente por agresiones intencionales.
Y de enero a septiembre de 2019, 2,833 mujeres fueron asesinadas en México
(cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública)
y, de acuerdo con el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF),
solo 726 (25.6%) son investigados como feminicidios, mientras que los otros
2,107 como homicidios dolosos.
Cómo no sentir su frustración. Cómo no simpatizar con su dolor. Cómo no
comprender por lo que han pasado. La marcha, el paro, los reclamos, la furia,
no sólo son entendibles, son reacciones necesarias ante una sociedad que ha
sido sorda y muda. Frente a una sociedad que se niega a escucharlas y que no
les ofrece salidas. Ante eso, no hay más recurso que la demostración, que la
paralización, que el enojo, que la necesidad de hacerse notar y traspasar los
muros de la ignominia.
¿En verdad nos cuesta tanto trabajo pensar que pueden ganar lo mismo que
nosotros?, ¿que tienen los mismos derechos que nosotros?, ¿que no están para
atendernos?, ¿que no vinieron a darnos hijos?, ¿qué pueden hacer una vida por
sin nosotros si les place?, ¿que son más capaces que muchos de nosotros? ¿Todo
eso no lo podemos comprender?, ¿nos confunde? ¿Se nos es imposible? O más bien,
no queremos.
No nos confundamos. Este tampoco es un movimiento exclusivo de nuestro país, ni
sólo entre nosotros hay violencia contra las mujeres. El domingo se pintaron de
purpura y morado las calles de grandes e importantes ciudades del mundo. No se
puede negar. No es que el problema haya surgido ahora, sino que ha sido ahora
cuando las mujeres han dicho ya basta. Si los pasados siglos fueron de lucha
por la libertad, me queda claro que este siglo, será el de la lucha por la
igualdad y la equidad de género. Una lucha que ha iniciado únicamente con puños
femeninos levantados. Orgullo y admiración por aquellas que hoy, luchan por un
mundo y un país mejor. Estoy seguro que ahora después del 9 de marzo, la
historia de nuestro país ha añadido un nuevo renglón.
