Enero 15, 2026
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Ella: la última Mujer

Por Rodrigo Sandoval Almazán

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La llamaron Ella para ocultar su pasado.  Ahora vive en lo alto del monte Tabor, cerca de lo que fue conocido como Nazaret. Su casa es una fortaleza. Ella vive en el último piso detrás de murallas de hormigón y guardias fuertemente armados para que nada ni nadie pase sin ser visto. Para muchos es una leyenda, pero en realidad es cierto: Ella es la última mujer que queda en el mundo.

Nadie sabe exactamente cuando empezó todo. Tal vez en el siglo XX, quizás con mayor énfasis en las primeras décadas del siglo XXI, pero ha pasado el tiempo y las revoluciones han querido borrar la memoria cuando había la división entre hombres y mujeres. Ahora la sociedad es una. Ya no hay hombres, no hay mujeres solamente seres humanos sin distinción de sexo.

Al final ganó la idea de que el sexo nos dividía, nos hacia desiguales y teníamos poder unos sobre otros. Por ello, los seres humanos de este mundo nuevo no se distinguen unos de otros. Van rapados y con un hábito color marrón que impiden ver si son hombres o mujeres. Ya no hay matrimonios, no es necesario, solo hay seres humanos que trabajan por el bienestar del planeta. Se han suprimido las familias ( son inútiles, dicen las autoridades), solo es preciso mantener a los seres humanos para que produzcan riqueza y mantengan el mundo;  ahora deambulan por las calles solitarios rostros encapuchados, van a sus trabajos en comunidad, se divierten en conjunto. No hay distinciones, nadie sabe si está hablando con una mujer, con un homosexual o con una lesbiana.

Las uniones no existen. Todos son uno. Todas y todos se comparten.

Ella lo sabe. Ella lo vivió cuando era apenas una niña y sus padres altos funcionarios gubernamentales la ocultaron de todos aquellos cambios, de toda esa “revolución  igualitaria” entre hombres y mujeres que terminó borrando el género y dejando a la humanidad. Ella, ha tenido que ocultarse en los confines del mundo, entre el Himalaya, el Tibet, Sudáfrica, la Patagonia. Intentando escapar de estas idea en el mundo, que le impidieran ser mujer.

Las muñecas desaparecieron hace décadas. Los estantes se llenaron de seres humanos asexuados. De hombres que parecen mujeres y de mujeres que parecían hombres. Las madres que quedaban fueron llevadas a campos de concentración hasta que murieron, jamás pudieron hablar con sus descendientes, nunca transmitir el aprendizaje de ser madre. Nadie quería tener hijos; las operaciones para el cambio de sexo se hicieron tan populares que fueron gratuitas igual que los abortos y la esterilización masculina y femenina.

Los seres humanos que viven en esta maravillosa colectividad sin género, tenía que dar muestras de su lealtad y ofrecer la prueba máxima: olvidarse para siempre de su género.

Ella vivió apartada de todo ello. Sus padres le pagaron tutores para educarse en casa, le llenaron de libros, le dieron todas las experiencias de una vida familiar, su madre le transmitió por su ejemplo y conocimiento de ser mujer hasta que fueron descubiertos y enjuiciados por alta traición al mundo sin género. Jamás se les volvió a ver. Ella tenía 18 años cuando pasó, escapaba desde MachuPichu hasta México.

El mundo se volvió uno. Envueltos todos y todas en sus hábitos marrones se abrazaban cotidianamente. Tenían las mismas oportunidades laborales, sueldos iguales, responsabilidades iguales; ya no habría competencia, no habría parejas, todas y todos eran compartidos. Nadie sería propiedad del otro, sino de todos. Y podrían probar todo lo que quisieran. Habría llegado la igualdad.

Pero estaban muriendo.

Comenzó como epidemia en Europa y se propagó por toda Asia: la edad para morir los había alcanzado. Las ciudades se estaban quedando vacías. Había una necesidad urgente de nuevos trabajadores en las fábricas, en los transportes, en las carreteras pero los seres humanos estaban débiles y achacosos por qué la edad les había alcanzado. Quisieron poner remedio sustituyendo a los ancianos por jóvenes, pero ya no quedaban jóvenes. Los niños se habían perdido. Algunos estaban ocultos, pero en muchas naciones se habían prohibido por que eran el resultado de la maldita división del sexo.

Entonces encontraron a Ella.

El hallazgo fue casi fortuito pero se mantuvo en absoluto secreto. Habían descubierto a una mujer en edad fértil, sin haber sido tocada por el hombre, pero más importante aún: sabía ser mujer. Había sido educada como mujer por sus padres, había formado parte de una familia. Ella, era la única que quedaba que podría hacer renacer a la especie que agonizaba rápidamente.

 Oculta en su castillo del monte Tabor, esperando que llegara un Él. Un hombre que supiera ser hombre, que hubiera sido educado con la olvidada formación de hombre que fuera fértil y que pudiera fecundarla para crear nuevos seres humanos. A pesar de las búsquedas frenéticas de autoridades en todo el mundo nadie podía hallar a un verdadero hombre.

Se habían hecho llamados, se darían premios millonarios, tendrían la vida resuelta para aquellos Adanes que pudieran llegar a esta nueva Eva, pero no llegaron. Los que se presentaban habían perdido su fertilidad y en muchos casos se habían cambiado de sexo, sin contar aquellos que tenían enfermedades terminales tanto por la edad como por el resultado del desenfreno de sus perversiones sexuales.

Ella esperaba y escribía. Era lo único que podía hacer. Escribirle al mundo su propia historia para advertirles del riesgo en que se encontraban de no encontrar un equilibrio entre los sexos, recobrar el balance entre hombre y la mujer; dejando fuera ideologías y fanatismos que habían llevado a destruir sus sociedades y que ahora se hallaban al borde de la extinción.

Dicen que todavía esta ahí, en el monte Tabor, aunque nadie lo sabe a ciencia cierta por que ya quedamos tan pocos y caminamos tan despacio, que no sabemos si llegaremos a ver el surgimiento de un nuevo mundo o el ocaso de la humanidad.

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