IMPULSO/ Carlos Ravelo Galindo
Sobre la mentira (1)
No cabe la menor duda de que platicar con nuestro amigo el médico Fernando Calderón Rmz nos trae reminiscencias. Y más cuando las eleva a nuestra charla y nos autoriza a darlas a conocer, sobre todo cuando abarcan lo contrario a la verdad, hermana inseparable de la mentira, tan de moda hoy; sobre ésta, discernimos.
Pedir perdón por mentir es mejor que pedir permiso. Esa sutil palabra, la farsa, que se pierde aparentemente en la bruma del tiempo y que se espera, una vez producido su efecto, cambiar o modificar una situación. Se olvide o desaparezca.
Tiene en general una gran trascendencia para el género humano. Por la forma y frecuencia con que aparece y se expresa, parece ser inherente a él. Al político.
Solo se mitiga, lo que puede ocasionar, con su antónimo, poco frecuente, de presencia mínima, la más valiosa y contundente de las palabras: La Verdad, que obligadamente surge tarde o temprano como parte de un proceso dialectico que se establece entre ambas.
La mentira y la verdad son hermanas inherentes a las que acompaña siempre e irremediablemente la conciencia.
La mentira se define claramente en el diccionario: “Afirmación que una persona hace consciente de que lo que dice no es verdad. Que no es realmente lo que parece o se dice que es”.
Desde luego, surge rápidamente la idea de una clasificación, la cual puede estructurarse de diversas formas.
Mentira voluntaria, siempre intencionada, acto hostil en contra de alguien u otros.
Mentira involuntaria, que no persigue dañar a alguien. Y otras clasificaciones: La oficiosa, la que se cuenta a una persona con objeto de agradarle o ser amable con ella. La piadosa que se cuenta a una persona para evitarle un disgusto. La aparente que parece corresponder a ella, pero no es.
Esto se puede presentar en dos situaciones, la primera en donde basta solo con no decir la verdad y en segundo lugar, en ciertas patologías mentales como el Síndrome de Ganser, Síndrome de Münchhausen, etcétera.
Los enunciados performativos, expresados por John Austin, por ejemplo, el que dice –yo prometo– aquí no puede haber ni verdad ni falsedad, es típico de la política y los políticos. Usan la catarsis con excelencia y oportunidad por la incultura poblacional.
La verdad en política no es antagónica a la mentira, sino algo que algunos consideran necesario e incluso la extienden, a través de todos los medios posibles para lograr sus objetivos. Esto no es ni ética ni moralmente permisible.
La mentira denigra a quien la dice y la usa para sus fines insanos. Quienes aprovechados de su prestigio y antecedentes, la usan en contra de los intereses populares, faltan a su honor y derrumban todo lo que han construido.
La manía de mentir o mitomanía, término descrito en 1891 por Antón Delbrueck, puede presentarse con cierta frecuencia en algunos trastornos mentales de tipo psicótico o simplemente como una costumbre mal adquirida. Algunos la consideran como una forma inconsciente. Se cree que esto es poco probable porque siempre habrá algún grado de consciencia en mentir.
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