Enero 16, 2026
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En las nubes


IMPULSO/ Carlos Ravelo Galindo

Mira tus manos

Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera. Recordamos a  mi padre sentado, en la banca del patio, no se movía. Solo, cabizbajo, miraba sus manos. Cuando me senté a su lado, no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba, me pregunté si estaba bien.

 

Finalmente, no quería, realmente, estorbarle, sino verificar su estado. Le pregunté cómo se sentía.  Levantó su cabeza, me miró y sonrió. “Estoy bien, gracias por preguntar”, dijo con una fuerte y clara voz.

“No quise molestarte, papá, pero estabas sentado aquí. Simplemente, mirabas tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.

Él me preguntó: “¿te has mirado alguna vez tus manos? Quiero decir, ¿realmente te has mirado tus manos?”.

Lentamente, solté mis manos de las de don Guillermo. Las abrí y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo.

No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme.

El sonrió y me contó esta historia: “Detente y piensa por un momento acerca de tus manos. Cómo te han servido a través de los años. Estas manos aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado desde que nací, para alcanzar, agarrar y abrazar  la vida”.

“Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo”. “Cuando niño, mi madre Jovita me enseñó a plegarlas en oración. “Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. Pero siempre limpias. “Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hijo. Me ayudó María Teresa, tu madre.

“Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien muy especial. A ella.nada más. “Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y cuando caminé por el pasillo con mi última hija en su boda. Marinita. “Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello, cuando lo tuve,  y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. “Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas. “Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí trabajan bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y siguen plegadas para orar. “Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida.

“Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las suyas cuando me lleve a su presencia”.

Desde entonces, nunca he podido ver mis manos de la misma manera. Pero recuerdo cuando Dios tomó las suyas y  lo llevó a su presencia. Con él ya está su compañera. Y algunos hijos e hijas politicas. Entre ellas, mi Bety.

Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi padre: de veras que nuestras manos son una bendición.

Hoy, me pregunto: ¿Qué hago con mis manos? ¿Las uso para abrazar y expresar cariño o para expresar ira y rechazo hacia los demás?

Demos gracias por nuestras manos. Sólo aquellos que no las tienen saben el valor que ellas representan en nuestra vida. Gracias señor por mis manos y las de mi familia y amigos. craveloygalindo@gmail.com

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