Lourdes Morales Canales
“Será la próxima”. El mensaje escrito en mayúsculas sobre una
servilleta adornada con la conocida sirenita de Starbucks, había sido
cuidadosamente colocado en la puerta del auto, justo a las afueras de las
oficinas del órgano de fiscalización superior de Colima. Era una mañana
asoleada y fresca de febrero. Y aunque la caligrafía era aseada y la amenaza
guardara las hipócritas formas del usted, el mensaje no podía ser tomado a la
ligera.
A pesar de ser una de las entidades más pequeñas del país, en Colima está
encendida desde el 2017 la alerta de género. En enero de este año, según el
Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Colima se
convirtió en la entidad con mayor porcentaje de feminicidios por cada 100 mil
habitantes. En esta entidad de apenas diez municipios, todos los días,
veintidós mujeres sufren agresiones. Es un lugar en el que el machismo tiene
permiso.
En esta ocasión, habría motivos adicionales. Cinco meses atrás, la auditora
Indira García Pérez había presentado los resultados de las 29 auditorías
correspondientes al ejercicio fiscal 2018. Los resultados no eran buenos: más
de 2 mil observaciones y 533 recomendaciones tenían que ser aprobadas por el
Congreso. Sin embargo, a los diputados pareció sorprenderles que una mujer,
joven, soltera y guapa les viniera a recordar sus obligaciones.
Sin cumplir con la ley, los diputados primero dijeron que “no había
condiciones para calificar las cuentas”. Luego se auto-otorgaron una
prórroga de dos meses y finalmente decidieron enmendarle la plana solicitando
—sin motivación ni base legal— que hiciera mejor revisiones retroactivas del
2015, 2016 y 2017.
La independencia política y la autonomía técnica, presupuestal y de gestión es
condición fundamental para quien se dedica a revisar qué se hace con el dinero
público y si se cumple o no con el objetivo. Paradójicamente, fue en México que
se adoptó la Declaración sobre la Independencia de las Entidades Fiscalizadoras
con ocho principios que recuerdan la relevancia de que esta labor no obedezca a
intereses políticos.
Sin embargo, desde las reformas en materia de combate a la corrupción existe la
convicción, cada vez más generalizada, de que solo la fiscalización que resulte
en castigo —preferentemente para un rival— es la que sirve. Poco interés hay en
mejorar procesos, aumentar la vigilancia ciudadana y lograr que se gaste con
mayor transparencia y rendición de cuentas.
Así lo han vivido los auditores que han tratado de cumplir con sus nuevas
obligaciones. No en balde en más de la mitad de los Estados, los titulares de
las auditorías locales han renunciado o han sido removidos sin concluir el
periodo para el cual fueron designados.
En el caso de las mujeres la presión es mayor. La fiscalización superior sigue
siendo un terreno de “encorbatados”. Al día de hoy, solamente seis
entidades de fiscalización superior son encabezadas por mujeres. Los amores de
las auditoras reciben más atención que un diploma. La Organización Latinoamericana
de Entidades Fiscalizadoras Superiores realizó el año pasado un diagnóstico
sobre igualdad de género en cumplimiento de la Agenda 2030. En él se reflejan
los enormes desafíos que las entidades de fiscalización enfrentan. En
particular lo que se refiere a la conciliación de la vida personal con la vida
profesional, el acceso a cargos de alta dirección y la igualdad de trato. Un
mundo en el cual falta mucho por hacer.
