Enero 16, 2026
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Juncker: “Este no es el principio del fin de la Unión Europea”

IMPULSO/ Edición Web

Bruselas 

Europa encara severas convulsiones financieras, económicas, políticas e incluso legales tras el voto por el Brexit en Reino Unido. El BCE ha respondido esta mañana a la sacudida en los mercados, con fuertes caídas en Bolsa, preocupantes desarrollos en las primas de riesgo y un hundimiento de la libra. Y el jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha dado la respuesta política de las instituciones al desafío británico.

¿Es el principio del fin del proyecto europeo?, le ha espetado la prensa británica. “No”, ha contestado rotundo. Juncker ha reclamado a Berlín y París que actúen con celeridad para reducir la era de incertidumbre que abre el Brexit. Y ha abierto la puerta de salida a Reino Unido: pide empezar a negociar “cuanto antes” un acuerdo que refleje el interés de ambas partes para que Reino Unido se convierta “en tercer país”. Bruselas pretende “no prolongar innecesariamente la incertidumbre”, según el presidente de la Comisión, que ha subrayado la importancia de la unidad de Europa: “Nos entristece el resultado del referéndum, pero hay que respetar la decisión de los británicos. La UE seguirá existiendo a 27”.

El Brexit abre una nueva era: es, de largo, el mayor revés del proyecto desde su fundación hace seis décadas. Provocará (provoca ya) efectos secundarios en todo el continente, empezando por los mercados. En una época de graves crisis entrelazadas, el Brexit expone a Europa a enormes desafíos a corto y medio plazo: incluso agranda las dudas sobre la supervivencia del proyecto sin uno de sus socios más destacados y ante el riesgo de contagio hacia otros países de los referéndums sobre la Unión. El voto británico reaviva los espíritus antiintegración que anidan en los populismos europeos, al alza en varios países, de Polonia a Italia, de Dinamarca a Grecia, y en particular en Francia y Alemania, cuyas elecciones se celebran en apenas unos meses. Todos los demonios que han emergido en la campaña británica (inmigración, anti-establishment y un largo etcétera) corren el riesgo de extenderse como la pólvora por toda Europa.

La sacudida en los mercados ya ha empezado. Y la política: 60 años después, la Unión Europea se enfrenta a la primera deserción de su historia, y varios dirigentes euroescépticos reclaman referendos parecidos al que acaba de celebrar Reino Unido: Holanda, Francia, hasta Italia se acerca a esa posibilidad, que elevaría el riesgo de desintegración de la UE. Bruselas se ha despertado entre el susto y el miedo por el voto en Reino Unido y el efecto contagio que puede generarse en el resto del continente: “Estoy profundamente decepcionado”, ha acertado a decir el presidente de la Eurocámara, el socialdemócrata alemán Martin Schulz, al filo de las ocho de la mañana. “Es un día triste, muy triste para los británicos y para los europeos; no es lo que esperábamos y ahora hay que actuar con responsabilidad”, ha dicho.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha asegurado que la Unión “está decidida a mantener la unidad de los Veintisiete”. Esas palabras muestran la magnitud del seísmo: hasta este jueves mismo eran los Veintiocho. “No habrá vacío legal después del Brexit”, ha explicado Tusk. “Es un momento histórico, dramático y con consecuencias para todos, en especial para Reino Unido. Pero no podemos dar una respuesta histérica”.

Los referéndums de los últimos meses eran un aviso para navegantes: por distintas razones y en diferentes contextos, Grecia dijo no a Europa hace un año. El segundo revés se produjo en Dinamarca. El tercero, en el reciente referéndum holandés. La cuarta negativa es la más imponente, la más dramática, la que tiene mayores potenciales consecuencias: los británicos han decidido salir de la Unión Europea y abren una nueva era en un club que hasta ahora solo se había ampliado. Los Veintiocho empiezan a ser desde ya los Veintisiete. Aunque el divorcio puede ser largo y sonado: “El pueblo británico ha hablado: estamos fuera”, decía esta mañana la BBC.

 

Lo primero será amortiguar el golpe en los mercados: el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra han anunciado todo tipo de medidas para asegurar que hay liquidez a espuertas, a pesar de que la libra está ya en su nivel más bajo desde 1985 y tanto las Bolsas como otros mercados están sufriendo de lo lindo. Las próximas horas serán cruciales para calibrar el shock financiero. Y sus reverberaciones en la arena política: varios líderes de partidos populistas europeos han amanecido bien temprano para anunciar la posibilidad de celebrar referéndums en sus respectivos países. El Frente Nacional ya ha sugerido esa opción. Y el holandés Geert Wilders, e incluso la Liga Norte italiana. Los presidentes de las principales instituciones están reunidos en Bruselas: Juncker, (Comisión), Tusk (Consejo), Schulz (Parlamento) y Mark Rutte (primer ministro holandés y al frente de la presidencia rotatoria de la UE). La canciller Angela Merkel y el presidente francés, François Hollande, se verán hoy en Berlín para analizar la jugada. El ritmo de encuentros será frenético las próximas semanas: este sábado hay convocada una reunión de los países fundadores de la UE, también en Berlín.

 

Bruselas ha pasado de alerta naranja a alerta roja en una noche de San Juan que será muy recordada. La respuesta inmediata de la capital europea, más allá del bazuka del BCE, ha llegado en forma de un comunicado conjunto de las instituciones, que intentan dar con el tono adecuado para minimizar el impacto político del Brexit. Bruselas, según ha avanzado Juncker, espera una declaración conjunta contundente por parte de Merkel y Hollande, un mensaje de unidad, de respeto por el voto británico, pero en el que a la vez queden claros los próximos pasos. Cabe esperar una respuesta más simbólica que sustantiva: Bruselas espera un paso adelante en materia de defensa y seguridad, y alguna cosa –menor– en asuntos económicos y fiscales. Las instituciones, según las fuentes consultadas, quieren que David Cameron inicie de inmediato las negociaciones de salida para dejar claro cómo funcionará la UE sin Londres. El primer ministro belga, Jean Michel, ha pedido una cumbre extraordinaria en julio para “definir prioridades y fijar un nuevo futuro para Europa”. El líder del centroderecha europeo, Manfred Weber, ha reiterado que hay que cerrar el Brexit en dos años frente a los líderes del Brexit, que tratan de jugar con los tiempos de esa salida.

 

La legitimidad democrática de Europa descansa sobre la posibilidad que tienen los públicos nacionales de abandonar la Unión. El Tratado de Lisboa dejó claro que la UE no es una jaula: “Todo Estado miembro podrá decidir, de conformidad con sus normas constitucionales, retirarse de la Unión”, dice un tratado que en su día despertó las reticencias de varios socios, que pensaban que esa disposición era contraria al espíritu comunitario. Reino Unido acaba de votar y ese espíritu acaba de volar por los aires. Las consecuencias del seísmo se dejarán notar a la corta en los mercados, pero a la larga en las mismísimas raíces políticas de la UE.

 

La Unión está obligada a reinventarse sin uno de sus grandes socios: Reino Unido tiene un PIB de 2,5 billones de euros (más del doble que España), más de 60 millones de habitantes y un peso brutal en el sector financiero con la City, que ahora se puede ver muy tocada. Londres no ha sido el mejor socio a ojos de los europeístas: ha conseguido una Europa a la carta en la que no participa de Schengen, ni del euro, ni de lo que no le interesa en justicia y seguridad. Pero a la vez ha aportado mucho al proyecto: es un contrapunto liberal de Francia, un contrapunto político de Alemania, una potencia en defensa y le da a la Unión un acento inglés marcadamente global. Todo eso está ahora en el aire, en medio de un divorcio que tiene muchos números para parecerse a aquel título de Raymond Chandler: el largo adiós. El Paìs

 
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