Gabriel Guerra Castellanos
El 8 y 9 de marzo de 2020 fueron memorables, queridos lectores, queridas
lectoras. Independientemente de lo que ustedes hayan decidido hacer esos dos
días, más allá de lo que ustedes piensen acerca de las causas que llevaron a
decenas, a centenares de miles de mujeres a las calles el día 8 y a muchas más
a parar el día 9, ustedes habrán notado y sentido su presencia y su ausencia.
De eso se trataba.
La marcha no sólo congregó a números inusitados de participantes, sino que pudo
ampliar su radio de convocatoria y de inclusión. Muchas mujeres que nunca
habían participado en una movilización, o al menos nunca en una movilización
con la causa de género, salieron a las calles. Se organizaron, difundieron,
coordinaron, crearon cercos y pudieron opacar y aislar con su multitudinaria y
ordenada presencia los muy pocos actos disruptivos que fueron además fácilmente
identificables como el sabotaje e infiltración que muchos sospechábamos desde
tiempo atrás.
Si la marcha en la CDMX y las muchas otras a lo largo y ancho del país fueron
visibles y notorias, el paro del día 9 fue impactante no solo por su altísimo
valor simbólico sino por lo que nos mostró del país y la sociedad en que
vivimos, en que las mujeres tienen que sobrevivir. Patrones que no quisieron
dar el día, que apoyaron de dientes para afuera y marcaron la falta en privado,
jefes y “compañeros” de trabajo que se burlaron y minimizaron el
movimiento, pero también muchos, muchos hombres que sí se dieron por aludidos,
que sí intentaron ayudar de alguna manera pero —sobre todo— que abrieron sus
mentes, que escucharon, que buscaron aprender, entender, empatizar.
¿Hubo fallas? Por supuesto, como en toda acción relativamente espontánea de
estas dimensiones. ¿Simulaciones y falsos compañeros de viaje? También,
inevitable además en el ambiente de sobrepolitización de la vida pública y de
falta de liderazgos coherentes y creíbles en la oposición. ¿Se equivocó el
presidente y con él su gobierno? A Andrés Manuel López Obrador, el político con
barrio por excelencia, el que más ha recorrido el país, el que lo conoce en
cada rincón y vericueto, en cada ranchería y cada camino de terracería, esta
ocasión le falló el instinto. Leyó mal la indignación, se tardó en reaccionar y
cuando lo hizo fue muy poco y muy tarde, siempre con un “pero”,
siempre con una frase desafortunada que descomponía cualquier intento de
acercamiento, de empatía.
Muchos de sus más cercanos agravaron las cosas cuando quisieron hacer de esto
uno más de las confrontaciones entre el bien y el mal, entre la 4T y sus
enemigos conservadores. Que vieron moros (moras, en este caso) con tranchete en
lugar de ver que el miedo, la rabia, la impotencia y la desesperación son los
verdaderos motores de este inusitado despertar de las mujeres, mucho más allá
de simpatías políticas, filiaciones partidistas, creencias religiosas.
Igualmente mal los políticos de oposición y sus partidos que quisieron montarse
sobre la ola: su cinismo e hipocresía no pasaron inadvertidos y serán recordados
por muchas y muchos la próxima vez que vayamos a las urnas. En su desesperación
por agarrarse de cualquier causa o bandera con tal de golpear al gobierno,
solamente exhibieron una vez más su falta de propuestas, de congruencia, de
principios.
Viene ahora lo más difícil: después de las dos jornadas históricas, el
seguimiento, la presión cotidiana, las labores titánicas de convencimiento, de
suma de aliados, de evitar divisiones y fracturas, de recordar los verdaderos
objetivos, las causas originarias.
No es este un movimiento político, es mucho más, es un despertar social. Al
México machista, patriarcal y misógino lo hemos construido todos con nuestros
actos, nuestras omisiones, nuestras tapias mentales. Para transformarlo será
imperativo recordar que solo a través de millones de minúsculas y gigantes
batallas cotidianas es que se ganan las grandes guerras.
Marchen pues hasta la victoria, para que podamos por fin vivir en la nación
justa e igualitaria que tanto anhelamos.
