Enero 16, 2026
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Opinión


IMPULSO/ Emilio Lezama*

La peste de la corrupción

En su extraordinaria novela, “La peste”, Albert Camus cuenta la historia del pueblo de Orán cuando, repentinamente, se llena de una plaga inusitada de ratas que van contagiando a la población. 

 

Al principio, las autoridades buscan crear la sensación de que la aparición de ratas es un caso aislado, pero ante la abrumante cantidad de casos, la realidad acaba por imponerse. Frente a la devastación de la peste y la inacción de la autoridades, Orán se da cuenta que se necesita a sí mismo. 

La salvación de Orán no yace en una receta médica, ni en la esperanza de la benevolencia de un ser todopoderoso, sino en una forma intrínseca de la resistencia y la rebelión: la solidaridad. “Lo que es natural es el microbio”, —dice uno de sus personajes— “la salud, la integridad, son productos de la voluntad humana”.

Una investigación conducida por “Animal Político” reveló que el gobierno de Javier Duarte desvió 645 millones de pesos de programas sociales. Cuando diputados de oposición intentaron denunciar esta acción en el Congreso local —supuesto contrapeso—, los diputados del PRI y el Partido Verde abandonaron la sesión para evitar que hubiera quorum. 

Desde la cúpula del partido, no hubo pronunciamientos y la mayoría de los medios importantes del país omitieron la investigación de sus espacios estelares. El reportaje de “Animal Político” reveló la corrupción de uno de los poderes del Gobierno estatal, pero, al hacerlo, dio pauta para que los otros actores revelaran solitos su propia corrupción. Cuando la peste está esparcida, la muerte de uno confirma el futuro diagnóstico de muchos.

¿Qué tiene que suceder para que un acto tan flagrante de corrupción se vuelva intrascendente? Un dolor de muela sólo pasa desapercibido en el contexto de un mal mayor. El caso de Veracruz no es ni aislado ni especial. La corrupción, la impunidad y el cinismo son la regla en un país de excepciones. Los partidos señalan los casos de corrupción de sus enemigos y callan los suyos propios. No se trata de una falta de autocrítica partidista sino de falta de Estado de derecho. 

Las instituciones han sido creadas para proteger al poder, y en su afán de hacerlo se van destruyendo a sí mismas. El problema es que la peste es contagiosa; una vez atacadas las instituciones, toda la población está en riesgo. ¿Puede una epidemia acabar con una nación? Durante años la historia oficial pintó el relato de “La Conquista” como un triunfo heroico del desarrollo tecnológico militar. La verdad es que no fueron las balas las que acabaron con el Imperio Azteca; Tenochtitlán no sucumbió ante los españoles, sino ante la epidemia de viruela.

¿Cómo frenar la inercia? Como cada seis años, los partidos políticos buscan mantener la ilusión paternalista de que un mesías podrá salvarnos. Los mexicanos nos hemos creído el mito. ¿Quién será el próximo presidente? En el fondo de toda la conmoción social está la noción, falsa y perpetuada por el poder, de que sólo un buen gobernante puede salvarnos. Los personajes de Camus se dieron cuenta muy rápido de que esto no es así, hacerlo trajo consecuencias insospechadas. 

*Analista político

Twitter: @emiliolezama

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