Padres y autoridades ausentes; papás y gobiernos sin asumir su vocación, carentes de espíritu de servicio, sin asumir su papel de trascendencia social en hoy y ahora; da como resultado un tejido social deteriorado, difícil de restituir, pero no imposible.
De la Caja de Pandora salen las calamidades que laceran al mundo griego. A este, nuestro México, le lacera la falta de gobiernos, instituciones y hogares fuertes, capaces de frenar miserias humanas como la pobreza, el desempleo, la inseguridad, entre otros.
Si pensamos en el ámbito familiar, la situación de violencia que vivimos en la comunidad, fomentada por la pérdida de valores en niños, jóvenes y, hasta en los mismos adultos, se debe también a la deficiente formación que desde el hogar se tiene respecto a la honestidad, la verdad y la responsabilidad.
Civilmente, se ha celebrado el “Día del Padre” y sería bueno que se reconsidere el papel de la figura paterna en la formación de los hijos sin caer en machismos ni autoritarismos. El papá es quien infunde o imprime la fuerza, coraje y el mismo valor para enfrentar la vida y las dificultades. Cuando el padre está ausente, un tío o el abuelo, son quienes asumen ese papel; en ocasiones, la mamá se las ingenia y logra que sus hijos se conduzcan por el deber ser.
Hay muchos que sí están cumpliendo con esa misión, independientemente, si viven o no con la madre de los hijos. Sin embargo, es importante que aquellos hombres que no están ejerciendo su vocación, lo hagan, porque la ausencia y abandono de los padres está provocando que niños y jóvenes no encuentren valor para enfrentar las adversidades de la vida y muchos de ellos con facilidad están hiriendo o lastimando a los demás.
Es tiempo de recuperar en los hogares la figura de fuerza, honestidad y respeto, para que los hijos la imiten y busquen la trascendencia. Necesitamos gotas de agua que en un océano de adversidades nos ayuden a construir un mundo mejor.
Esta necesidad que se tiene a nivel familiar, también se requiere atender a nivel social. Nuestro pueblo está ávido de gobiernos fuertes, útiles y serviciales. Es cierto que no todo está perdido porque entre las autoridades e instituciones, con todo y sus limitaciones o errores, hay algunas que sí conservan su vocación de servicio y aportan mucho a la restitución del tejido social.
Si analizamos los programas sociales federales y estatales que buscan atender los problemas más lacerantes de la población como la pobreza o el desempleo, podríamos decir que existen “buenas intenciones”, sin embargo, éstos se encuentran cargados de asistencialismo y clientelismo político.
A nadie le resulta extraño que los programas y apoyos se comprometen, siempre y cuando se tenga el respaldo político. Se brinda el apoyo o existe el programa para condicionar la participación política de los beneficiados. Además, tienen un exceso de paternalismo que no contribuye a la economía, para la gente es fácil obtener esos recursos, pero no solucionan de fondo su problema de marginación, desempleo o pobreza.
La historia de nuestro país nos ha enseñado que los programas paternalistas no nos ayudan conseguir cambios estructurales ni tampoco nos permiten romper las cadenas de la pobreza. Una despensa o un recurso cada dos meses no resuelve las carencias sociales, necesitamos que nuestra gente tenga oportunidades reales de desarrollo.
No es con paliativos ni con “aspirinas” como el pueblo mexicano podrá salir adelante y si hay a quien le molesta la “clase aspiracionista”, también existimos los que no queremos gobiernos ni autoridades paternalistas, débiles y poco visionarios que son incapaces de conseguir un progreso real para el pueblo.
